lunes, 2 de junio de 2025

Viejas Glorias: Gringos



 
Acababa de salir.

Habían llovido cuatro años sin pisar el Gringos. Buscó a Jack con la mirada, pero su hermano ya no estaba. El local se hundía en una penumbra habitada por un par de camioneros abonados al silencio. Junto a la caja, un calendario de páginas amarillentas seguía detenido en un diciembre de cuatro años atrás.

Alba era quien gobernaba la barra: servía café a un viejo que la devoraba con la mirada, con edad suficiente para ser su padre.

Norman Negan se acercó y ella fue a atenderlo; al reconocerlo, dejó la jarra despacio y contrajo el rostro en una mueca.

—¿Qué haces aquí?

El viejo levantó su taza y pidió azúcar; Alba lo silenció con un dedo sin mirar.

Negan abrió las manos en gesto de disculpa.

—Hola… —alcanzó a decir.

Ella giró como si sus palabras fuesen la mayor de las ofensas; sus ojos, dos esferas azules rugiendo tempestades, lo traspasaron a través del espejo.

Había sido un error ir al Gringos.

Norman aguardó, en silencio.

Quiso decir algo que aliviase su pesar.

Todo lo que un día fueron se había esfumado con Jack.

Se dio la vuelta.

—¡Negan! —gritó ella desde el espejo.

La voz lo detuvo, pero tampoco se giró.

—Si hubieras muerto en la cárcel, Jack estaría aquí conmigo.

Negan cerró los ojos y asintió; no le faltaba razón.

—Lo siento… —susurró con un hilo de voz que no reconoció.

Alba gritó y una jarra se hizo añicos junto a las botas de Negan: cientos de pequeños diamantes rodaron por el suelo, como si un atracador torpe tropezara en pleno trabajo.

No fue una buena idea.

Abandonó el Gringos rumbo al rancho.

El camino de entrada estaba en mal estado y aminoró la marcha; no quería que un pedrusco reventara el radiador de la Chevrolet Cheyenne de su padre.

Al abrir la casa, un olor denso lo golpeó. Norman se tapó la boca con el reverso de la mano y dejó la puerta abierta. La madera crujió bajo su bota de punta. Jamás había escuchado tanto silencio en la casa; ni un motor a lo lejos, ni el zumbido del generador. Nada. Como si el tiempo se hubiera detenido el día del funeral.

En la biblioteca de su padre, la cual consideraba territorio del viejo y de Jack, echó en falta obras de autores como Julio Verne y varios ejemplares en rústica de Arthur Conan Doyle. Eligió un libro al azar del montón apilado en la mesa de trabajo y lo ojeó. Nunca lo había hecho antes del trullo; su padre y su hermano tendrían algo que decir al respecto. Se acomodó en el sillón.

Se quedó dormido.

Cerró el libro y abandonó al viejo oficial Claude LaPointe en las peligrosas calles del Main. Faltaban cinco minutos para la media noche. Se encendió un pitillo. Dio una calada y conectó el teléfono a la toma; la luz del contestador parpadeó como una amenaza. Holmes McAllister, el agente de la condicional, había llamado. Marcó y esperó con el auricular pegado al oído hasta que se cortó; lamentó su torpeza dándose golpecitos con el aparato.

Aún no sabía de qué pie cojeaba McAllister. Había oído a los presos decir que era recto y sin sentido de humor; aquel descuido podía traerle problemas. Aplastó la colilla en el cenicero y se pasó la mano por el cabello. Volvió a dormirse maldiciendo su error.

Se levantó temprano.

En Tucson harían el primer recuento del día; no lo extrañó nada. Se afeitó y se dio una ducha. Preparó café del de verdad y lo sirvió en una taza con su plato. Lo saboreó tomando conciencia de su libertad; nunca tan poco significó tanto.

Abrió las ventanas decidido a purificar el aire y recorrió las habitaciones haciendo tiempo; la mayoría de las cosas seguían donde siempre, pero no todas. Alguien había cubierto los muebles con sábanas y guardado la vajilla en cajas de cartón. Echó en falta el viejo rifle Savage 99 de Jack colgado sobre la chimenea, su silla de montar Weatherly Ranch con las iniciales en los estribos, y el puma que decoraba el recibidor, donde Jack colgaba las llaves al regresar con algunos tragos de más.

El Main de Trevanian, la novela sobre los bajos fondos de Montreal, yacía sobre la mesita de noche. Norman la cogió y soltó un suspiro al recordar su cita con McAllister. Se vistió despacio: vaqueros desgastados, camisa de trabajo y botas de punta larga. Cogió las llaves y salió al sol de Arizona.

Condujo la vieja Cheyenne hasta la oficina sintiendo el motor vibrar bajo los pies; la sensación rivalizó con la del café.

Holmes McAllister era un tipo gordo al que empezaba a escasearle el pelo. Vestía un traje Mirto azul planchado de forma impecable. Tenía unos cincuenta años y en su escritorio, además de un monitor de tubo y un teléfono inalámbrico, había un marco con una fotografía de su familia: la mujer, con la mano apoyada en el pecho de McAllister, parecía más joven y no carecía de belleza. El chico, enfundado en una chaqueta del equipo de futbol del instituto, desafiaba a la cámara con la mirada.

Al fondo de la sala, alguien aporreaba las teclas de una máquina de escribir como si de un mono enfurecido se tratase. Negan tuvo que elevar la voz para hacerse oír.

—¡Buenos días, señor McAllister, soy Norman Negan!

—Llegas tarde —respondió él sin apartar los ojos del monitor.

Las teclas de la máquina se detuvieron y el despacho judicial quedó en un incómodo silencio.

—Esto…

—Ni te molestes. —Holmes levantó la vista y le clavó la mirada. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en las botas de punta—. Ayer te llamé al número que facilitaste sin respuesta por tu parte. Te voy a explicar cómo funcionan las cosas, hijo: si yo silbo, tú saltas y vienes cagando leches. ¿Me explico? Si me has entendido, di sí y no se te ocurra mover la cabeza.

Norman no parpadeó; se limitó a estrujarse las manos.

Le ardía la cara y su parpado se sacudió con un temblor. Las teclas volvieron a tronar, con más entusiasmo si cabe. Negan tragó saliva, contó hasta tres y mostró su lado bueno.

—Sí, señor —dijo.

—Respuesta correcta —sentenció McAllister—. Te someterás a test de drogas semanales, empezando ya. ¿Trabajo?

—Salí ayer de Tucson —respondió Norman, encogiéndose de hombros.

McAllister ojeó el expediente con el ceño fruncido y dijo:

—Pues si no quieres regresar, más vale que encuentres un trabajo decente, hijo.

«Trabajo decente, hijo», masticó Negan, añadiendo un mamón al final. Corrigió la postura con las manos atrás; también rezó a todo lo que caminara por el agua para que todo saliera bien.

McAllister arrojó el informe a un lado, descolgó el teléfono y marcó la extensión cinco. Esperó.

—Luisa, soy Holmes McAllister. —Negan cambió el peso de su cuerpo a la espera—. Puedes decirle al oficial Moss que acudiré a almorzar mañana. Perfecto, encanto, eres un cielo.

—Disculpe, señor.

McAllister levantó la vista y reparó en Normal.

—¿Puedo irme ya?

Holmes descolgó, marcó y esperó.

—Avisa a Rom que le envió al señor Negan.

Al salir, Norman lo escuchó decir:

—Puto paleto.

Era ya media tarde cuando Michael Carson lo recogió.

Habían compartido celda y fatigas en Tucson; un peso pesado con el que realizó entregas cuando era un pipiolo en el negocio.

—¿Todo bien, Negan?

Asintió con la cabeza. «Que se joda McAllister.»

Michael se encendió un cigarro y Negan subió al coche; recorrió el salpicadero con la mirada y silbó. Tenían mucho de lo que hablar, lo cual resultó extraño porque ambos eran hombres de pocas palabras. Michael tomó la Interestatal 10 rumbo a Nevada. Salir del estado con la condicional significaba una violación de la misma; Negan no pudo evitar imaginar al mamón de McAllister echándole las garras encima.

—Mira en la guantera.

—¿Qué?

—Que mires en la jodida guantera —repitió Carson con el pitillo entre los dientes.

Negan la abrió y la cerró rápido.

Se apoltronó en el asiento sintiendo el frío del cuero. Cerró los ojos y retuvo la imagen en la mente: una Smith & Wesson debajo de una revista guarra por suscripción. Con munición del calibre cuarenta para diez trabajos como aquel.

—Así que lo has encontrado.

—Así es —dijo Carson.

—¿En Nevada?

—En la jodida Nevada —respondió apartando la vista de la Interestatal—. En un rancho a las afueras de Boulder City, cerca de Las Vegas. El cabrón distribuye esa mierda de jaco marrón mexicano. Dirige un antro de moteros mexicanos.

«Cuatro años esperando.»

—¿Quién es su distribuidor?

Michael dio una calada al pitillo y soltó el humo por la nariz; su rostro se endureció.

—Verás… las cosas han cambiado desde que te fuiste.

—¿Cuánto han cambiado?

—Pues… —vaciló—, el ascenso de Yago Sánchez ha sido meteórico. Eliminarlo traerá consecuencias. Tuve que reunirme con Nueva York. Gigante en persona dio el visto bueno. —Negan lo vio juntar los dedos de una mano y sacudirlos en el aire—. Un favor personal.

«El loco del albornoz.»

—Así que trabaja para el cártel —dijo Norman.

—Para los hermanos de Tijuana.

Arrojó el pitillo por la ventanilla mientras lo decía.

Los Arellano Félix. La familia más sanguinaria de México.

—Si lo hacemos, estamos solos —sentenció Carson.

Decirlo estaba de más. Vincent Gigante no movería un dedo por ellos.

Llegaron al motel Sands y pidieron una habitación doble: un cuchitril como cualquier otro en el que desprenderse del polvo del camino. Norman Negan se desperezó, sacudiéndose el viaje de encima. Entonces reparó en el Mustang estacionado frente al motel. Sus ocupantes eran mexicanos y solo tenían ojos para Carson.

Lo normal. Michael Carson conducía un GMC Suburban 2500 SLT negro y vestía un traje milrayas gris marengo de mil quinientos dólares; su mejor sonrisa, la que usaba para meterse en las bragas de las nenas, completaba el conjunto.

—Respira, muchacho —lo tranquilizó palmeándolo—. Son solo cholos controlando su territorio.

«Con Carson nunca faltaba el comité de bienvenida.»

El Mustang arrancó y el acompañante formó una pistola con los dedos y simuló disparar a Carson. Michael fue a la parte de atrás del Suburban, sacó dos maletas y un portatrajes Zegna a juego; acto seguido, levantó la alfombrilla revelando su pequeño arsenal de armas acopladas en compartimentos.

—¡Joder!  —Norman lanzó un silbido.

—Pilla lo que necesites —ordenó viendo alejarse el Mustang.

Norman unió a la Smith & Wesson una Sig-Sauer de reserva y un Ka-Bar de supervivencia. En el fondo del compartimento descansaban un par de subfusiles MP5 y un Colt RO933 de cañón corto que, por razones obvias, no seleccionaron para el asalto al antro. Michael, por su parte, se armó con una pistola de fabricación israelí de una belleza soberbia, una Jericho 941 modificada, más una Glock de nueve milímetros con varios cargadores extendidos de 30 balas.

Ya instalados, revisaron armas y munición.

Dieron una vuelta más al plan mientras cenaban.

Michael Carson se duchó y se enfundó en un prohibitivo traje Tom Ford confeccionado en suave lana de color negro, del que Negan prefirió no preguntar el precio. Debajo vestía una camisa de seda negra con cuello inglés y botones de nácar; unos zapatos Dior del mismo color esperaban junto a la cama.

—¿Desde cuándo te has aficionado a ese tipo de trajes?

La pregunta estaba hecha sin ningún tipo de envidia malsana. Y la sonrisa de Michael reveló que así lo había entendido.

—Desde que gano dos de los grandes a la semana, colega.

Negan apretó los labios y asintió.

Dos de los putos grandes y estaba en mitad del desierto a punto de dar pasaporte a Yago Sánchez.

Volvió a comprobar la Smith & Wesson por última vez.

Estaba tranquilo y de pronto era un manojo de nervios.

Michael hizo lo propio; asegurándose de que la Glock saliese sin problema de la funda. Guardó el arma y le indicó la puerta con un movimiento de cabeza.

Antes de subir al Suburban, Michael echó un vistazo en busca del Mustang de los cholos, pero no lo vio. Negan se golpeaba la rodilla con la culata y Carson lo agarró del cuello y lo zarandeó para insuflarle valor.

—Tranquilo, muchacho.

—Significa mucho lo que estás haciendo.

Carson sonrió.

—Tu estuviste en Tucson.

Fue lo último que se dijeron.

Todo lo que tenían que decirse ya lo habían hecho.

La luz de neón del Pachaparo Club bañó sus rostros cuando Carson estacionó en la parte trasera. Un antro de mala muerte. Con su gorila en la puerta. Su fila de Harley-Davidson con los distintivos de los Cuauhtémoc; igual que en Hollywood, sólo que allí se perdía la vida de verdad.

—Hazlo limpio —le susurró Michael.

Negan no cerró la puerta del coche. Sacó el Ka-Bar. Se deslizó por las sombras, pegado a la pared. Sus pisadas enmudecieron bajo la música del Pachaparo. Rodeó el edificio y bordó al gorila por su lado ciego. Le tapó la boca con una mano. El tipo forcejeó. Negan hundió el acero entre sus costillas y dejó de moverse.

Lo sostuvo mientras Carson avanzaba en su dirección. Juntos lo arrastraron tras los cubos de basura y lo registraron. Se hicieron con una .38 y un walkie-talkie. Michael lo arrojó a la maleza.

—Vía libre —susurró.

Michael levantó el pulgar.

Entraron al garito. Negan iba delante. Tito & Tarántula sonaba en los altavoces. La camarera contaba billetes de espaldas a la barra. Rodearon el billar. Michael señaló. Negan encañonó la puerta de la derecha. Entraron agachados. Michael Carson empuñaba la Jericho. Enroscó el silenciador negro. Un novato de los Cuauhtémoc hacia guardia al final del pasillo. Michael le voló la cabeza.

Pasaron por encima de él. Bajaron las escaleras con la espalda pegada contra la pared. La bota de punta de Negan dejaba figuras carmesí a su paso. El humo del tabaco arañaba los ojos. Dos cucarachas salieron disparadas en sentido contrario. Michael arrugó los labios. El silencio era distinto al de arriba: insoportable.

Michael se detuvo al final del pasillo. Negan lo franqueó. Abrió la puerta con el cañón de la Smith & Wesson. Despacio. El fluorescente del techo parpadeó emitiendo una vibración. Yago Sánchez presidía la mesa de reuniones. Su lugarteniente se sentaba a su derecha. Nueve Cuauhtémoc completaban el cuadro.

Negan entró. Carson lo seguía. Yago Sánchez lo vio. Negan siguió su mirada hacia la mesa del rincón. Once herramientas reposaban sobre la madera desgastada.

Norman Negan lo encañonó.

—Chinga a tu madre.

—Que se joda la tuya.

Apretó el gatillo.

Los sesos de Sánchez se desparramaron por su segundo. El cuerpo cayó inerte sobre la mesa.

«Esto es por Jack, mamonazo.»

Michael avanzó y golpeó la cara del lugarteniente de Sánchez con la Jericho.

—¡Que nadie se mueva! —gritó.

Hizo un gesto a Negan. Los Cuauhtémoc permanecieron inmóviles. Una mosca se posó en la sesera de Sánchez. Negan envolvió los hierros en una bandera del club. Miró a Carson. Michael cabeceó hacia la puerta. Negan salió zumbando con las armas al hombro.

—Caballeros… —dijo Michael mirando las cartas del más próximo—. Buena mano, amigo.

Negan aplastó una de las cucarachas en la huida. Michael atrancó las puertas con los moteros dentro. Cruzó el pasillo tras Negan. Subieron las escaleras de dos en dos. El novato yacía sobre un charco de sangre oscura.

Al entrar en el local, la camarera reparó en ellos. Buscaba algo tras la barra. Negan se acercó y le metió una bala en el hombro. La mujer cayó al suelo entre alaridos. Tito & Tarántula seguían haciendo lo suyo. Negan barrió la barra con el cañón dispuesto a saltar. Michael miró hacia la puerta.

El cristal estalló con un ruido interminable.

Norman Negan se lanzó al suelo y devolvió los disparos a ciegas. Michael se agazapó tras la mesa de billar; una bala le rozó la mejilla. Soltó un grito, volcó la mesa y efectuó dos disparos antes de recargar la Jericho.

—¿Cuántos son? —preguntó a gritos.

Norman Negan negó con la cabeza.

Una ráfaga corta sacudió el Pachaparo. Negan se arrastró cubriéndose con el brazo. El estante de las botellas se hizo añicos sobre la camarera. Michael Carson efectuó tres disparos más, combinándolos con los de Negan.

El humo del tiroteo mordía la garganta. El calor fronterizo penalizaba. Michael volvió a disparar. En un primer momento, no acusó el dolor. Una flor escarlata le empapó la camisa. Bajó la mirada a su pecho. Parpadeó. Buscó a Negan entre la neblina. El segundo disparo le arrancó media mandíbula. La Jericho golpeó el suelo y rebotó. Carson quedó apoyado, sin vida, junto al billar.

La mujer salió de detrás de la barra con el revólver en ristre. Se balanceaba como un hermano del Bronx puesto de crack. Negan parpadeó al verla. Ella levantó el arma y él disparó.

El fuego en el exterior cesó. El rugido de las Harley-Davidson destrozó la quietud. Negan se levantó de un salto. Carson seguía donde había caído, apoyado contra el billar.

Apretó la mandíbula y huyó.

Las sirenas de la policía devoraron la noche.

   


 

sábado, 8 de marzo de 2025

Indigno de ser Humano

Autor: Osamu Dazai 
Edición: Sajalín Editores
Páginas: 124
Año de publicación: 1948

«Por lo general, las personas no muestran lo terribles que son. Pero son como una vaca pastando tranquila que, de repente, levanta la cola y descarga un latigazo sobre el tábano. Basta que se dé la ocasión para que muestren su horrenda naturaleza. Recuerdo que se me llegaba a erizar el cabello de terror al pensar en que este carácter innato es una condición esencial para que el ser humano sobreviva. Al pensarlo, perdía cualquier esperanza sobre la humanidad». Publicada por primera vez en 1948, «Indigno de ser humano» es una de las novelas más célebres de la literatura japonesa contemporánea. Su polémico y brillante autor, Osamu Dazai, incorporó numerosos episodios de su turbulenta vida a los tres cuadernos que conforman esta novela y que narran, en primera persona y de forma descarnada, el progresivo declive como ser humano de Yozo, joven estudiante de provincias que lleva una vida disoluta en Tokio. Repudiado por su familia tras un intento de suicidio e incapaz de vivir en armonía con sus hipócritas semejantes, Yozo malvive como dibujante de historietas y subsiste gracias a la ayuda de mujeres que se enamoran de él pese a su alcoholismo y adicción a la morfina. Sin embargo, tras el despiadado retrato que Yozo hace de su vida, Dazai cambia repentinamente de punto de vista y nos muestra, mediante la voz de una de las mujeres con las que Yozo convivió, una semblanza muy distinta del trágico protagonista de esta perturbadora historia. «Indigno de ser humano» se ha convertido, con el paso de los años, en una de las obras más populares de la literatura japonesa, superando los diez millones de ejemplares vendidos desde su primera publicación en 1948.

 

viernes, 7 de marzo de 2025

Hijo de Dios

Autor: Cormac McCarthy
Edición: DEBATE 
Páginas: 209
Año de publicación: 1973

Lester Ballard es un joven solitario e inadaptado que, tras ser despojado de la tierra de sus antepasados, merodea por los alrededores de Frog Mountain, donde su sexualidad reprimida y el ejercicio de una imaginación rica y morbosa le conducirán a buscar en los bosques víctimas con las que satisfacer su insaciable lujuria. Una cruenta historia que recuerda la brutalidad gótica de Santuario de William Faulkner, en la que Cormac McCarthy da la vuelta al sentido del título creando una escalofriante trama protagonizada por un hombre cuyas frustraciones se incrementan a medida que trata de relacionarse con un entorno que le repudia sin motivo aparente, a la vez que nos ofrece la recreación literaria de un período de Estados Unidos en el que se anticipa ya la problemática de una sociedad tan poderosa como desorientada.

 

jueves, 6 de marzo de 2025

Meridiano de Sangre

Autor: Cormac McCarthy
Edición: Random House 
Páginas: 359
Año de publicación: 1984

Estamos en los territorios de la frontera entre México y USA a mitad del siglo XIX. Las autoridades mexicanas y del Estado de Texas forman una expedición paramilitar para acabar con el mayor número de indios posible. Es el llamado Grupo Glanton, que tiene como líder espiritual al llamado juez Holden, un ser violento y cruel: un hombre calvo como una bola de billar, albino, sin barba, sin pestañas, ni cejas. Holden nunca duerme, le gusta bailar y tocar el violín. Viola, asesina y afirma que nunca morirá. En un momento determinado los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mexicanos que les pagaban. Empieza así la ley de la selva. Además del juez el otro protagonista es el Chaval, que a sus quince años, recibe un disparo por la espalda pero milagrosamente sobrevive… Las vidas de los dos protagonistas se cruzarán sin remedio. McCarthy es una de las voces más ásperas y potentes de la narrativa norteamericana actual, una voz que recoge la herencia de William Faulkner.
 

viernes, 28 de febrero de 2025

No es País para Viejos

Autor: Cormac McCarthy
Edición: Random House 
Páginas: 248
Año de publicación: 2005

El cazador y veterano de Vietnam Llewelyn Moss descrubre por casualidad la sangrienta escena de una carnicería entre narcos en algún lugar de la frontera entre Texas y México. Entre los cuerpos y los paquetes de heroína, descubre también algo más de dos millones de dólares. A partir de este momento comienza la violenta carrera de Moss por escapar de los que quieren darle caza: Wells, ex agente de las Fuerzas Especiales contratado por un poderoso cartel; Anton Chigurh, una implacable máquina de matar, para quien recuperar el dinero de sus jefes es apenas la excusa para descargar una y otra vez su arma y poner en práctica su máxima: no dejar nunca testigos; y un sheriff veterano de la Segunda Guerra Mundial que añora los buenos tiempos y esconde un doloroso secreto que lo mantiene vivo.

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Ciudades de la Llanura

Autor: Cormac McCarthy
Edición: Random House 
Páginas: 296
Año de publicación: 1998

En este último volumen de la Trilogía de la frontera, McCarthy reúne a John Grady y a Billy Parham, los protagonistas de las dos primeras novelas. Dos antihéroes que arrastran un pasado de desarraigo y verdadero exilio interior en un mundo en el que su forma de vida, individualista e independiente, se ve marginada por la invasión de la modernidad. La acción arranca en 1952 en un rancho de Nuevo México que está a punto de ser expropiado por el ejército. Con el escenario de fondo de las tierras fronterizas entre Estados Unidos y México, lugar de encuentro y desencuentro de dos universos aparentemente divergentes, la vida de ambos protagonistas se verá atravesada por la aparición de unos valores en los que nunca encontrarán acomodo. Condenados por una historia que ya no cuenta con ellos, Billy y Grady devienen así los verdaderos supervivientes de un mundo en el que la lealtad, el valor, el esfuerzo y la vida en contacto con la naturaleza eran algo más que una reliquia.

 

viernes, 21 de febrero de 2025

En la Frontera

Autor: Cormac McCarthy
Edición: Random House 
Páginas: 408
Año de publicación: 1994

Segundo volumen de la llamada «Trilogía de la frontera», En la frontera nos remite a un tiempo inmediatamente anterior al de Todos los hermosos caballos, para centrarse en la historia de dos adolescentes, Billy y Boyd, de origen campesino, que en medio de un paisaje hostil y huraño irán descubriendo las duras reglas del mundo de los adultos al tiempo que encuentran en la naturaleza el sentido heroico de sus vidas. Desde una extraña relación de afecto y complicidad con una loba acosada por los tramperos hasta el asesinato de sus padres a manos de unos cuatreros, el personaje de Billy, protagonista a su vez del último título de la trilogía, Ciudades de la llanura, se verá inmerso en un destino en el que la belleza y la rapiña moral se presentan como los límites inseparables de una misma aventura vital.

 

viernes, 14 de febrero de 2025

Todos los Hermosos Caballos

Autor: Cormac McCarthy
Edición: DEBOLSILLO 
Páginas: 336
Año de publicación: 1992

Ambientada en 1949 en las tierras fronterizas entre Texas y México, la historia se centra en el personaje de John Grady Cole, un muchacho de dieciséis años, hijo de padres separados, que tras la muerte de su abuelo decide huir a México en compañía de su amigo Lacey para encontrarse con un mundo marcado por la dureza y la violencia. Una novela de aprendizaje con resonancias épicas que inaugura un paisaje moral y físico que nos remite a la última epopeya de nuestro tiempo. Un estilo seco para una historia de emociones fuertes, ásperas, primigenias.

 

martes, 11 de febrero de 2025

Los Hijos de Shifty

Autor: Chris Offutt
Edición: Sajalin Editores
Páginas: 269
Año de publicación: 2022

Mick Hardin, agente de la División de Investigación Criminal del ejército, se encuentra de permiso en su Kentucky natal cuando aparece el cadáver de un hombre en el centro del pueblo. Se trata de Cabronazo Barney, el traficante de heroína local, asesinado a tiros sin que nadie haya oído los disparos. La policía, convencida de que no es más que un asunto de drogas, pone poco empeño en la investigación. Sin embargo, Shifty Kissick, la madre de Barney, no opina lo mismo y le pide a Mick que averigüe quién mató a su hijo. Mick, que debería estar recuperándose del atentado con explosivos que sufrió en Afganistán, decide investigar el caso para impedir que se produzcan más muertes. Cuando aparezca otro cadáver e intenten matar a Mick, este se verá envuelto en una espiral de violencia y venganza que perturbará la aparente paz de los cerros. Segunda entrega de la trilogía iniciada con "Los cerros de la muerte", Los hijos de Shifty es una novela negra rural sobre un lugar perdido en los Apalaches y sus gentes.

 

 

sábado, 8 de febrero de 2025

Los Reyes del Jaco

Autor: Vern E. Smith
Edición: Sajalin Editores
Páginas: 267
Año de publicación: 1974

Detroit, 1972. En los suburbios pobres de la ciudad con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos, los traficantes de droga se pavonean al volante de Cadillacs de vivos colores y lucen exuberantes peinados a lo afro, patillas crecidas, botines de tacón, abrigos de visón o chaquetones de piel por valor de cientos de dólares; y casi todos llevan, escondidas bajo el abrigo. Magnums del 357 o del 45 en la cintura del pantalón.
Lennie Jack, veterano de Vietnam de veintiséis años, quiere hacerse sitio en el negocio de la heroína y planea desbancar al temido Willis McDaniel, el mayor capo de la zona oeste. Para ello cuenta con la ayuda de Joe Rojo, un chico de veintiún años con un notable historial delictivo, y de otros beneficiarios del tráfico de droga deseosos de forzar esta suerte de relevo generacional. Lennie Jack sabe que la apuesta es a un único número: contra McDaniel, fallar el tiro significa acabar en el maletero de un coche con dos balazos en la cabeza. El detective Al Lewis y el teniente Boone, tras la pista de Lennie Jack, esperarán a que se presente la mejor oportunidad de cazar al pez más gordo.
Publicada por primera vez en 1974, «Los reyes del jaco» es hoy en día una novela negra de culto en Estados Unidos, admirada por los escritores y guionistas de «The Wire» Richard Price y George Pelecanos.

 

El Diablo a Todas Horas

Autor:  Donald Ray Pollock  Edición:  Random House Páginas:  326 Año de publicación:  2011 Cuando Willard Russell, veterano de la primera gu...