viernes, 17 de abril de 2026

Proyecto Magno



A veces, las mejores misiones no ocurren en la calle, sino sentados en el sofá con un Kindle en las manos. Hoy empiezo un proyecto personal que me hace especial ilusión: acompañar a mi hijo en su entrada al mundo de la lectura.


​Él tiene seis años y, aunque estamos empezando a descifrar las letras "despacito", la ambición es grande. Lo hemos bautizado como nuestro proyecto "Magno", porque así es como vamos a afrontar este reto: con la curiosidad de un conquistador y la paciencia de quien sabe que las cosas buenas se cocinan a fuego lento.

​No vamos a leer cualquier cosa. Queremos épica, queremos clanes y queremos aventura. Hemos decidido arrancar con la saga de "Los Gatos Guerreros". Es una historia de supervivencia, de códigos de honor y de territorios; un espejo de la vida misma, pero adaptado a su mirada.

​El plan es sencillo pero sólido:

· ​Lectura compartida: Él leerá sus primeras frases, conquistando cada palabra, y yo estaré ahí para cubrirle la retaguardia cuando el texto se ponga difícil.

· ​Sin prisas: Como siempre digo, primero unas cosas y luego otras. No buscamos cantidad, sino que cada capítulo sea un momento nuestro.

· ​Ilusión pura: Ver cómo se le encienden los ojos con estos clanes de gatos, es recuperar un tiempo que yo empecé tarde, pero que él va a disfrutar desde el principio.



Smith & Wesson Avuelapluma tiene guardián asegurado.

domingo, 12 de abril de 2026

Viejas Glorias: El Alemán

 

John abandonó la galería por la puerta de atrás.

Se cambió el sobre de mano liberando la derecha. No fue directo al Bronco. Merodeó vigilante y se detuvo a cierta distancia. El aire de Portland abofeteaba más de lo habitual, irritante.

Un sedán azul bloqueaba una boca de incendios. Sus ocupantes vestían traje con corbata y el pelo cortado a cepillo. John los ojeó. Un coche patrulla se detuvo en el semáforo; el agente señaló la boca de incendios y los tipos asintieron sin ceremonia. John observó que no enseñaron la placa. No trabajaban para el Gobierno. Mucho menos para Diamond.

John subió al Bronco. Arrojó el sobre y ajustó el espejo. Arrancó y giró a mano derecha. La Sig-Sauer se le clavaba en la sobaquera. John mantuvo la vista al frente, arrojando miradas furtivas por el espejo en busca del sedán. Disminuyó para no perderlo. El sobre, con el cuerpo de Frankie Bye Bye, siseaba con cada curva en el asiento de al lado. Puso el intermitente y barrió el retrovisor una vez más; el sedán se mantenía a distancia, a dos coches por detrás, maniobrando entre el tráfico sin salirse del manual.

Tomó NW Couch St, un laberinto de almacenes donde los callejones se mordían unos a otros. El Bronco lamía las paredes de ladrillo gastado. Virlan aceleró y clavó los frenos al final del ramal sin salida. El sedán irrumpió en el retrovisor. John engranó la marcha atrás y hundió el pedal. El Bronco rugió, embistiendo el frontal del sedán; un golpe seco. Los cristales estallaron y el olor del líquido del radiador llenó el callejón.

Virlan salió. Se acercó. El suelo crujió y lanzó destellos bajo sus botas. El conductor yacía inerte. El otro buscó con un ojo sanguinolento al objetivo; ya no vio a un anciano. John levantó la Sig-Sauer y disparó dos veces. Hizo lo propio con el conductor. Inclinó la cabeza.

El zumbido de la batería del utilitario llenaba el silencio. Antes de girarse, John le apartó el cuello de la camisa al tipo con el cañón. Bajo el corazón asomó un guantelete tatuado; un borrón que pretendía ser inmortal; John escupió al suelo. Regresó a su coche, recuperó el sobre del asiento y echó a andar.

Caminó despacio, con las manos en los bolsillos, como un anciano más. El viento sacudía el tendido eléctrico. Se subió el cuello de la chaqueta y hundió el mentón, asegurándose de que el sobre seguía firme en su bolsillo interior. Un coche patrulla giró a lo lejos, mudo. La calle desierta dejaba una capa sucia sobre el asfalto. El humo de las chimeneas teñía la tarde moribunda. La Sig-Sauer rebotaba en su costado, marcando la cadencia. John apretó el paso.

Dejó atrás almacenes con las ventanas tapiadas, vestigios de un pasado industrial. Al lado, una pared de ladrillo rojo anunciaba el combate de Anthony Stephens contra Trinidad para el próximo 23 de octubre.

John entró en la cabina US West de enfrente. El suelo de metal crujió bajo el peso de sus botas. Descolgó. Se colocó el auricular y lo sostuvo con el hombro. Introdujo una moneda y marcó.

—Al habla V3. En diez minutos.

Colgó. Salió sin coger el cambio; el cristal vibró a su espalda al cerrarse las puertas de golpe.

Llegó con el tiempo cumplido; el reloj de la muñeca marcaba diez minutos exactos. John descolgó y volvió a marcar. Esperó. Respondieron al segundo tono.

—Frankie y otros muchachos han firmado su renuncia. Seis buenos operarios en total.

Cambió el peso de pie y barrió la calle con una mirada. Una furgoneta de reparto asomó por el cruce de la novena. John la siguió con atención. El conductor bajó y abrió el portón lateral de par en par.

—Un fulano de fuera ha solicitado uno de los puestos. Un tal A. Diamond.

Al otro lado, la persiana del almacén rompió la noche. Una segunda furgoneta se detuvo en la rampa de carga y un tipo de color se bajó. El conductor de la primera se le unió; simuló arrinconarlo lanzando un par de jabs para terminar con un uppercut al mentón: su risa llegó hasta John.

—Si deseas conservar tu puesto, reúnete conmigo donde siempre. Mañana a las nueve en punto. Cuídate.

Colgó sin despedirse. Aguardó un instante, expectante. Vio a Rocky Balboa acercar la llama al cigarrillo de su compañero; el negro dio una calada y arrojó el humo a la noche. Ambos echaron a andar y sus voces se perdieron a lo lejos.

John Virlan cruzó la calle a grandes zancadas; con las manos en los bolsillos y los hombros tensos. Public Enemy impartía cátedra en la Sprinter del moreno. Una cartera de piel reposaba sobre el salpicadero junto a una lata de Coca-Cola; John las dejó en el capó de la primera furgoneta. Cuando giró la llave y metió primera, la Sprinter se fundió con el tráfico hasta ser solo una mancha blanca más en la ciudad.

John despertó a las seis de la mañana en el piso franco. No se incorporó de inmediato; se frotó los ojos y escuchó en la oscuridad. ​Una guarida no es un hogar. Para John eso estaba claro, por mucha seguridad que le proporcionara. Se incorporó y apoyó los pies en el suelo, amasando la baldosa fría con los dedos. El sobre descansaba en la mesita de noche, junto al Eutirox.

​Lo cogió.

​Encendió el flexo y extrajo las fotos. Fue directo a Frankie Bye Bye. En la galería, bajo el escrutinio de Odín, enterró el detalle: Frankie presentaba un orificio de bala en la base de la clavícula. El sello de la Extasi. John se golpeó el labio con un dedo y cerró los ojos; retuvo la imagen y la dejó marchar.

​Joe Miller apareció colgado en su casa de la playa: curiosa manera de celebrar la jubilación. John acercó la instantánea al flexo. Miller era un profesional, no un guerrero como Frankie. Para retirar a Joe bastaba con un empujón.

​Clavó el dedo sobre el papel.

​—Retirar o anular —susurró.

​Frankie ofreció resistencia. Soltó la foto de Joe y recuperó la de Bye Bye. Solo un exmiembro de la Extasi dejaría esa marca.

​El Alemán.

Asintió.

Al menos ese infeliz era real, no un fantasma como Diamond.

El teléfono de la pared devolvió un tono largo al descolgar.

John marcó de memoria.

—Bernie, soy yo. Revisa el correo. —John ojeó la foto—. Confírmame el lugar. Si no regreso, no mires atrás.

Colgó antes de escuchar la respuesta.

Preparó café.

El salitre asomaba por las juntas de las baldosas. Aclaró una taza y desmontó la Sig-Sauer. Alineó las piezas en la encimera sobre un trapo. John bebió y cerró los ojos. Las primeras luces se filtraban por la persiana. El viento silbaba, sacudiendo las cuerdas de los tendederos.

Dejó la taza a medio terminar. Montó el arma. El golpe del carril al encajar rebotó en la campana extractora.

Al salir del portal, el viento le abofeteó la cara. John se subió el cuello de la chaqueta, sin detenerse. El vidrio de los escaparates le devolvió un borrón oscuro; sus ojos ignoraban a los últimos juerguistas. Antes de llegar a la esquina, deslizó el sobre por la ranura del buzón.

La furgoneta de reparto era una más.

Atravesó la ciudad.

John entró en el garaje y esperó. Unos focos iluminaron el retrovisor. El vehículo lo rodeó hasta quedar ventanilla con ventanilla.

John se llevó dos dedos a la frente.

Saludó.

V4 asintió.

—¿Es cierto?

John no contestó. Apartó la mirada; el viento arrastró un corro de hojas.

—¿Diamond está vivo? —insistió.

—Ha regresado de entre los muertos.

V4 apretó los labios.

—¿Está en la partida?

John negó.

—¿Qué sabes de Matasanos?

V4 siguió con la mirada un sedán.

—Cachorros de dientes afilados.

La luz de freno desapareció al final de la rampa.

—¿Quién los dirige?

—El Alemán.

John asintió; no se equivocaba.

—Tengo a Bernie rastreando el lugar; Frankie estaba lejos de casa.

—Un paseo antes de borrarlo.

—Billete sin regreso —escupió.

Guardaron silencio.

—Cuídate, John.

Asintió.

V4 arrojó una bolsa marrón por la ventanilla. Cayó sobre sus piernas.

—Come algo. Vas a desaparecer.

John la apartó y arrancó.

Abandonó la Sprinter a dos manzanas del piso franco.

Se detuvo al final de la escalera; tomó aire mientras buscaba la llave.

Descolgó el teléfono de la pared.

Marcó. La voz de Odín contestó al otro lado.

—¿Tienes un nombre?

—El Alemán.

John colgó.

Desplegó el paño en la mesa y desmontó la Sig-Sauer.


sábado, 11 de abril de 2026

Orden Lectura Charlie Parker



Información del autor

Nacionalidad: Irlandesa

Biografía

John Connolly nació en Rialto, un barrio de clase trabajadora, en Dublín (Irlanda) en 1968. Su padre era funcionario y su madre profesora. Estudió Filología Inglesa en el Trinity College de Dublín y periodismo en la Dublin City University. Mientras estudiaba trabajó como barman, camarero, funcionario y chico de los recados en los grandes almacenes Harrods en Londres. Tras graduarse en 1993 trabajó durante 5 años como periodista freelance para The Irish Times, con el que continúa colaborando.




Empezó a escribir su primera novela en 1993 sin contárselo a nadie. Gastaba todo el dinero que ganaba como freelance viajando por Estados Unidos, luego volvía a casa y se ponía a escribir. En 1996 sólo tenía la mitad de «Todo lo que muere» y decidió enviarlo a editoriales y agentes. Setenta lo rechazaron y un agente le animó a terminarlo. Volvió a EE.UU. en 1997, gastó todo el crédito de su tarjeta, dejó cuentas sin pagar y consiguió acabar la novela y venderla en 1998. Todavía le cuesta creerlo.




John Connolly vive en Dublín pero divide su tiempo entre su ciudad natal y los Estados Unidos, donde ambienta sus novelas. Prefiere hacerlo así ya que se identifica más con su tradición de novela negra que con los policíacos británicos. Los autores que más le han influido son Ed McBain, Ross Macdonald y James Lee Burke.


1 Todo lo que muere. 1999

2 El poder de las tinieblas. 2000

3 Perfil asesino. 2001

4 El camino blanco. 2002

5 Más allá del espejo. 2004

6 El ángel negro. 2005

7 Los atormentados. 2007

8 Los hombres de la guadaña. 2008

9 Los amantes. 2009

10 Voces que susurran. 2010

11 Cuervos. 2011

12 La ira de los ángeles. 2012

13 El invierno del lobo. 2014

14 La canción de las sombras. 2015

15 Tiempos oscuros. 2016

16 El frío de la muerte. 2017

17 La mujer del bosque. 2018

18 Antigua sangre. 2019

19 En lo más profundo del sur. 2020

20 Tumbas sin nombre. 2021

21 Furias. 2022

22 Los mensajeros de la oscuridad. 2024




miércoles, 8 de abril de 2026

Billy Summers

Autor: Stephen King
Edición: Debolsillo
Páginas: 648
Año de publicación: 2021


Billy Summers es un asesino a sueldo y el mejor en lo suyo, pero tiene una norma: solo acepta un encargo si su objetivo es realmente mala persona. Ahora Billy quiere dejarlo, pero todavía le queda un último golpe.
Y siendo uno de los mejores francotiradores del mundo, un veterano condecorado de la guerra de Irak, un auténtico Houdini cuando toca desaparecer después de finiquitar un trabajo, ¿qué podría salirle mal?
Todo.

 

sábado, 4 de abril de 2026

Viejas Glorias: John Virlan

 

John Virlan colgó. Cerró los ojos un instante.

     Lo habían encontrado. No sabía cómo, pero lo habían hecho.

Se levantó del sillón de lectura y salió al porche. El día era soleado. Pronto habría que ajustarse el cuello del chaquetón; no quedaría ni una hoja en los sauces. Las horas de luz se reducirían, dando paso al abrigo de la chimenea. Solo que, para un anciano como él, eso se había acabado.

Salió al jardín, inhalando con calma y exhalando de igual manera. No era de los que se dejaban llevar por la ira; nunca lo había sido. Jamás dejaba traslucir sus emociones; por eso había vivido tanto tiempo en un negocio como el suyo, rodeado de hombres que aparentaban más peligro que él. Profesionales que, cuando aceptaban un contrato, no se detenían hasta ejecutarlo.

John cruzó el cobertizo de dos zancadas.

Sus movimientos, felinos y precisos, desmentían su edad. Había esperado no tener que volver a matar; no por dinero. Se equivocaba.

Apartó con cuidado el banco de trabajo junto a la pared, evitando que las herramientas golpearan el suelo entarimado. Se arrodilló, arrancó el zócalo e introdujo la mano por el hueco; pronto sus dedos acariciaron la culata del arma, encajada entre el hormigón y la madera.

Su Sig Sauer 380 seguía donde la había dejado. John soltó un suspiro; el tacto y el peso del arma se ajustaron a la perfección en su mano. Extrajo los útiles de limpieza del cajón y la desmontó. Estaba bien conservada. Aceitó cada una de las piezas antes de volver a armarla; evitó mirar su propio reflejo en el acero. «De nuevo el monstruo», pensó Virlan.

John cerró la puerta del coche y apagó el estéreo; no quería distracciones. Ajustó el espejo y se abrochó el cinturón mientras repasaba la llamada. Lo había visto venir. La incompetencia de la Compañía había roto el equilibrio; ya no podía hacer nada. Ahora todos estaban en peligro.

Tenía diecisiete años cuando fue reclutado. Entonces Odín Zeta le había sonreído y él le había devuelto la sonrisa, intuyendo que algún día tendría que matarlo.

El director de la Compañía hacía años que le seguía la pista. Concretamente, desde que saboteó los frenos del coche de su padrastro y el infeliz se despeñó por un acantilado. Aquello lo puso inevitablemente en el radar de Odín.

De esto habían llovido ya cuarenta y tres años.

John apagó el motor del Ford Bronco y sopesó si dejar la Sig en la guantera, cosa que descartó de inmediato.

Los suelos de mármol de la galería de arte Chords Verses de Portland lo transportaron a otra época. El despacho de Odín Zeta se encontraba en la cuarta planta; John se preparó para intimar con el guardaespaldas de Zeta.

El tipo lo interceptó al final de la escalera. John abrió los brazos y aguardó, observando al joven tensar los músculos del rostro. Al levantar las manos, la culata de la Sig Sauer quedó a la vista en la sobaquera. El tipo acortó la distancia echando mano a la suya. John lo evaluó un instante y se relajó.

—Tiene que entregarme su arma, señor.

—Eso no pasará, hijo —respondió Virlan con calma, bajando lentamente las manos.

—¡Entrégueme su arma ahora, señor!

John negó con la cabeza.

—¡He dicho que…!

John le bloqueó la muñeca antes de que pudiera desenfundar, estampándolo contra el muro con un giro veloz. El tipo cabeceó, tratando de zafarse. Virlan aumentó la presión. El joven alzó la mano libre en señal de rendición. Desde el fondo del pasillo, Odín le ordenó que se retirara con un gesto airado de cabeza.

John lo soltó, se recolocó la manga de la chaqueta y avanzó hacia el viejo.

Odín Zeta vestía su traje gris de corte impecable. Llevaba el cabello cano echado hacia atrás; de cerca, parecía un anciano envuelto en ropas caras. Su rostro revelaba el peso de ser quien era. Aun así, mantenía la ferocidad en el azul acuoso de sus ojos.

—Te estaba esperando, John.

Su voz conservaba el tono de autoridad que John recordaba, aunque algo había quedado por el camino.

Estrechó la mano del viejo con firmeza; ambos se estudiaron antes de soltarse. Zeta se secó la mano con un pañuelo y enfiló el despacho. John no lo siguió de inmediato. Los pasillos eran un hervidero de tipos con pinganillos comunicándose entre sí. Fulanos de espalda amplia que ocultaban músculos de acero bajo el traje oficial; nada que ver con su oficio.

—Adelante —invitó a entrar Odín con un gesto de la mano.

El despacho, un rectángulo mal iluminado ajeno a la pompa de la galería, alojaba una mesa de roble algo desproporcionada y un sillón rivalizando en tamaño. John no vio ventana alguna ni más sillas. Un retrato de Gerónimo de 1886, tomado tras su última captura, flanqueaba al de Billy el Niño. «La compañía ideal», pensó John, estudiando la ferocidad de los rostros.

—Y aquí estamos.

John no respondió.

Odín rodeó el escritorio, acarició la superficie con la punta de los dedos y tomó asiento en el sillón. Después entrelazó las manos sobre la barriga y sonrió, pero John no tenía tiempo para eso; alargó la mano y exigió las instantáneas.

Odín Zeta sacó del cajón un sobre marrón y lo deslizó sin ceremonia. Apenas pesaba, pero lo que escondía dolería. Contenía seis fotografías hechas con una Polaroid y un informe que apestaba a morgue y a favores. Virlan alineó las fotos de los cadáveres en el escritorio, como si fueran una mano de póker perdedora. Sólo lamentaba lo de Frankie Bye Bye; el resto carecía de importancia. Aun así, John no apartó la vista; deslizó el pulgar por el borde de una de las fotos, buscando cualquier detalle que el forense pasara por alto. Algo que le otorgara ventaja. Odín lo observaba desde su trono de piel, estudiando sus movimientos.

—Lamento lo de Frankie —dijo Odín; su voz era un hilo de seda viejo que decía lo contrario.

—¿Quién te dio el soplo? —preguntó John.

—Tengo contactos. Alguien llamó y me informó.

—¿Y esos contactos te dieron mi número telefónico?

—No —respondió Odín sonriendo—. Eso lo conseguí por mis medios. No ha sido fácil encontrarte, ¿sabes? Eso juega a tu favor. Porque nos están cazando, John.

Seis miembros de la Compañía borrados como si nada.

Y ahí estaba él, frente a aquel hijo de puta que nunca había movido un dedo por nada. Odín apretó la mandíbula. Los ojos, acuosos y hundidos, bizquearon. Se los secó con un pañuelo.

—Los tipos que han hecho esto —dijo John, abarcando con un gesto seco las fotos esparcidas sobre la mesa— no se diferencian de nosotros. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad, Womack?

Odín arrugó la nariz, como si oír su nombre de pila apestase más que los seis muertos que tenía sobre el escritorio.

Tras la Guerra Fría muchos agentes quedaron sin bandera ni propósito. Durante un tiempo la Compañía los toleró; no eran nada. Pero crecieron. Y volaron el tablero.

—Sé lo que estás pensando, John. —Odín clavó los codos en la mesa—. Y no es momento de buscar culpables. De nada serviría malgastar energía mientras nos están cazando, joder.

Se levantó de golpe, tropezando con su propia silla.

La mano de John quedó a medio camino.

—No me toques. —Odín le lanzó la misma mirada que John veía en el retrato de Gerónimo—. Voy a acabar con ese hijo de puta con ínfulas, ¿me oyes? Voy a eliminar a todos sus chicos. Voy a llenarlos de plomo.

Desvió la vista.

Se detuvo. Respiró hondo.

—Nos han mordido, John. —Suspiró.

—¿Cómo quieres proceder?

—Como siempre: matando al pastor y espantando a las ovejas.

—Esas ovejas han mordido al lobo.

—Pues devolvámosles el bocado, joder.

John Virlan asintió despacio.

—Hay algo más —dijo Odín.

—¿Está relacionado?

Negó con un gesto.

Sacó una revista del escritorio y la dejó caer sobre la mesa.

—Página veintiocho —señaló.

John la abrió. Encontró el anuncio rodeado en rojo.

 

                      Vendo caña de bambú del 69.

                      Preguntar por el señor Zeta.

 

 

John levantó la vista. El viejo sonrió.

—Diamond está muerto.

John la hizo a un lado.

—Te equivocas.

Odín dejó un libro abierto. Señaló una serie de números garabateados a lápiz en el margen inferior: 142-8-3 / 19-12-1 / 44-

5-9.

—Utiliza la versión del 54 de La isla del tesoro.

John no lo tocó.

—Han pasado treinta años.

Cambió el peso de su cuerpo.

—Así es.

—Me obligaste a aceptar ese contrato y…

—¿Viste a Diamond caer por el muelle, John?

No contestó.

El viejo golpeó el libro con el dedo.

—Sin cuerpo, John. Ambos sabemos lo que significa.

John agarró el libro. Trazó una línea con el dedo. Sus labios se movieron en silencio.

«Hola, mi traicionero socio. Hora de ajustar cuentas.»

 

jueves, 2 de abril de 2026

Movidas Chungas

 



Antes las cosas no eran así ni de coña; si lo sabré yo.

​En los noventa el rollo funcionaba de otra manera. Todo estaba del revés, los colores que predominaban eran distintos: el blanco y el amarillo de la coca y el spid. El marrón del caballo y el morado de las pastillas. Notad que no he dicho speed, como dicen ahora los modernillos que usan palabras como selfie, bullying o mierdas por el estilo. Su puta madre. En los noventa llamábamos a las cosas por su nombre, como hacían nuestros padres. Y si algo no estaba claro, por descontado que nos lo inventábamos. Ahora todo da pena. Antes, cuando salías de fiesta, tenías que andarte con cuidado si no querías acabar sin dientes. Ahora, en cambio, si tienes la desgracia de cruzarte con una banda de payoponis, te expones a que te metan una mojada y te dejen desangrándote en el suelo como un perro. Apesta…

​Está claro que algo apesta y no soy yo. O tal vez sí lo sea. Mi alma putrefacta, corroída, hace mucho tiempo que no conecta con mi mente. Pero los recuerdos siguen ahí, coño si siguen, tan nítidos como el vómito de un beodo. ¡Sírveme una ronda de movidas chungas, camarero! Recuerdo a cierta señorita, que en realidad no lo era, que gobernaba con puño de hierro el timón de este galeón llamado Perdición. Recuerdo que le hacía pajas y después me pasaba el día entero oliéndome los dedos. Cuánto la echo de menos, joder. Con ella toqué varias veces el cielo al fumar heroína por primera vez; creo a pies juntillas que esa es la razón por la que no puedo olvidarla. Nuestro amor estaba basado en una mentira. Una deliciosa e inolvidable mentira que ahora se clava en mi carne. Ella solo me amaba cuando estaba puesta, pero cómo lo hacía, Dios. Nadie me ha hecho sentir tan especial. Nada en el mundo conseguiría acercarse a aquella sensación, ni siquiera la gota marrón cabalgando la plata de nuevo, no ahora que ella ya no está. ¡Curiosa forma de hacerme sentir especial!

​He desperdiciado los mejores años de mi vida, toda mi juventud, soñando día y noche con unos besos que nunca me dio. Poesía yonki le escribía mientras ella dormía. Poesías colmadas de adverbios y faltas de ortografía que nunca leyó. Letras tan profundas que habrían hecho llorar a un violín, de no haberlo empeñado o vendido antes. ¿Acaso creéis que exagero?

​Y me pasaba las horas

Apoyado en la farola

Que daba luz a su puerta

Solo por verla pasar

​Y aguantaba las tormentas

Por regalarle una rosa

Rosa que nunca le di

Ya no la volví a ver más.

​¡Espera! Nunca lo escribí. Esto es de una canción de Revólver y nunca lo rasgué en papel alguno. Hice mío el sufrimiento de otro cabrón porque no tenía fuerzas suficientes, ni imaginación, para abrazar mi propia soledad. Volqué mi alma en vivencias que nunca me pertenecieron. No lo sé. ¿Cómo saberlo? Siempre he estado colgado. Y desde entonces he llorado lágrimas que no besaron ni besarán mis mejillas. O quizás sí. Pero ahora lo único que me importa soy yo; ella, más bien ellas; ella y la heroína, que siempre fueron la misma cosa, creo. Por eso cuesta tanto seguir adelante… porque hay que estar en forma, como esos críos ninja de la tele, tomar impulso y dar un salto mortal con triple tirabuzón para reengancharte a esta vida de mierda con tantos sinsabores. Este mundo, este tiempo vacío y enfermo de soledad, que no tiene nada que ofrecer porque apesta a enfermedad terminal.

​¡Este mundo cruel me obliga a soñar despierto! ¡Quiere follarme con su polla de metal hasta saltarme los ojos! Que lo oigan los vecinos. Que alguien le diga a mi madre que me balanceo peligrosamente hacia el abismo. Que alguien le cuente que mis ojos están arruinados por las lágrimas y que ya no tengo miedo. Que alguien la avise, por favor, porque hoy he dejado de tenerlo y me resulta tan sencillo empujar el respaldo de esta silla y poner fin a todo, que otra clase de miedo se apodera de mi alma. Que alguien le diga que el cinturón que rodea mi cuello muerde mi carne retándome, porque solo soy un yonki amorrado a la polla del pasado. Amorrado a ella, a ellas. Atrapado en movidas chungas que ya no me permiten visualizar su rostro. ¡Maldito el cinturón que más temprano que tarde se llevará mi vida! ¡Maldito por dentellear mi hombría, por no darme un respiro! Malditos todos. Maldito yo y malditas ellas…

Proyecto Magno

A veces, las mejores misiones no ocurren en la calle, sino sentados en el sofá con un Kindle en las manos. Hoy empiezo un proyecto personal ...