viernes, 17 de abril de 2026
Proyecto Magno
domingo, 12 de abril de 2026
Viejas Glorias: El Alemán
John abandonó la galería por la puerta de atrás.
Se cambió el sobre de mano liberando la derecha. No fue directo al
Bronco. Merodeó vigilante y se detuvo a cierta distancia. El aire de Portland
abofeteaba más de lo habitual, irritante.
Un sedán azul bloqueaba una boca de incendios. Sus ocupantes vestían
traje con corbata y el pelo cortado a cepillo. John los ojeó. Un coche patrulla
se detuvo en el semáforo; el agente señaló la boca de incendios y los tipos
asintieron sin ceremonia. John observó que no enseñaron la placa. No trabajaban
para el Gobierno. Mucho menos para Diamond.
John subió al Bronco. Arrojó el sobre y ajustó el espejo. Arrancó y
giró a mano derecha. La Sig-Sauer se le clavaba en la sobaquera. John mantuvo
la vista al frente, arrojando miradas furtivas por el espejo en busca del
sedán. Disminuyó para no perderlo. El sobre, con el cuerpo de Frankie Bye Bye,
siseaba con cada curva en el asiento de al lado. Puso el intermitente y barrió
el retrovisor una vez más; el sedán se mantenía a distancia, a dos coches por
detrás, maniobrando entre el tráfico sin salirse del manual.
Tomó NW Couch St,
un laberinto de almacenes donde los callejones se mordían unos a otros. El
Bronco lamía las paredes de ladrillo gastado. Virlan aceleró y clavó los frenos
al final del ramal sin salida. El sedán irrumpió en el retrovisor. John engranó
la marcha atrás y hundió el pedal. El Bronco rugió, embistiendo el frontal del
sedán; un golpe seco. Los cristales estallaron y el olor del líquido del
radiador llenó el callejón.
Virlan salió. Se
acercó. El suelo crujió y lanzó destellos bajo sus botas. El conductor yacía
inerte. El otro buscó con un ojo sanguinolento al objetivo; ya no vio a un
anciano. John levantó la Sig-Sauer y disparó dos veces. Hizo lo propio con el
conductor. Inclinó la cabeza.
El zumbido de la
batería del utilitario llenaba el silencio. Antes de girarse, John le apartó el
cuello de la camisa al tipo con el cañón. Bajo el corazón asomó un guantelete tatuado;
un borrón que pretendía ser inmortal; John escupió al suelo. Regresó a su
coche, recuperó el sobre del asiento y echó a andar.
Caminó despacio, con
las manos en los bolsillos, como un anciano más. El viento sacudía el tendido eléctrico.
Se subió el cuello de la chaqueta y hundió el mentón, asegurándose de que el
sobre seguía firme en su bolsillo interior. Un coche patrulla giró a lo lejos,
mudo. La calle desierta dejaba una capa sucia sobre el asfalto. El humo de las
chimeneas teñía la tarde moribunda. La Sig-Sauer rebotaba en su costado,
marcando la cadencia. John apretó el paso.
Dejó atrás almacenes
con las ventanas tapiadas, vestigios de un pasado industrial. Al lado, una
pared de ladrillo rojo anunciaba el combate de Anthony Stephens contra Trinidad
para el próximo 23 de octubre.
John entró en la
cabina US West de enfrente. El suelo de metal crujió bajo el peso de sus botas.
Descolgó. Se colocó el auricular y lo sostuvo con el hombro. Introdujo una
moneda y marcó.
—Al habla V3. En
diez minutos.
Colgó. Salió sin
coger el cambio; el cristal vibró a su espalda al cerrarse las puertas de
golpe.
Llegó con el
tiempo cumplido; el reloj de la muñeca marcaba diez minutos exactos. John
descolgó y volvió a marcar. Esperó. Respondieron al segundo tono.
—Frankie y otros
muchachos han firmado su renuncia. Seis buenos operarios en total.
Cambió el peso de
pie y barrió la calle con una mirada. Una furgoneta de reparto asomó por el
cruce de la novena. John la siguió con atención. El conductor bajó y abrió el
portón lateral de par en par.
—Un fulano de
fuera ha solicitado uno de los puestos. Un tal A. Diamond.
Al otro lado, la
persiana del almacén rompió la noche. Una segunda furgoneta se detuvo en la
rampa de carga y un tipo de color se bajó. El conductor de la primera se le
unió; simuló arrinconarlo lanzando un par de jabs para terminar con un uppercut
al mentón: su risa llegó hasta John.
—Si deseas
conservar tu puesto, reúnete conmigo donde siempre. Mañana a las nueve en
punto. Cuídate.
Colgó sin
despedirse. Aguardó un instante, expectante. Vio a Rocky Balboa acercar la
llama al cigarrillo de su compañero; el negro dio una calada y arrojó el humo a
la noche. Ambos echaron a andar y sus voces se perdieron a lo lejos.
John Virlan cruzó
la calle a grandes zancadas; con las manos en los bolsillos y los hombros
tensos. Public Enemy impartía cátedra en la Sprinter del moreno. Una cartera de
piel reposaba sobre el salpicadero junto a una lata de Coca-Cola; John las dejó
en el capó de la primera furgoneta. Cuando giró la llave y metió primera, la
Sprinter se fundió con el tráfico hasta ser solo una mancha blanca más en la
ciudad.
John despertó a
las seis de la mañana en el piso franco. No se incorporó de inmediato; se frotó
los ojos y escuchó en la oscuridad. Una guarida no es un hogar. Para John eso
estaba claro, por mucha seguridad que le proporcionara. Se incorporó y apoyó
los pies en el suelo, amasando la baldosa fría con los dedos. El sobre
descansaba en la mesita de noche, junto al Eutirox.
Lo cogió.
Encendió el flexo
y extrajo las fotos. Fue directo a Frankie Bye Bye. En la galería, bajo el
escrutinio de Odín, enterró el detalle: Frankie presentaba un orificio de bala
en la base de la clavícula. El sello de la Extasi. John se golpeó el labio con
un dedo y cerró los ojos; retuvo la imagen y la dejó marchar.
Joe Miller
apareció colgado en su casa de la playa: curiosa manera de celebrar la
jubilación. John acercó la instantánea al flexo. Miller era un profesional, no
un guerrero como Frankie. Para retirar a Joe bastaba con un empujón.
Clavó el dedo
sobre el papel.
—Retirar o anular
—susurró.
Frankie ofreció
resistencia. Soltó la foto de Joe y recuperó la de Bye Bye. Solo un exmiembro
de la Extasi dejaría esa marca.
El Alemán.
Asintió.
Al menos ese infeliz
era real, no un fantasma como Diamond.
El teléfono de la
pared devolvió un tono largo al descolgar.
John marcó de
memoria.
—Bernie, soy yo.
Revisa el correo. —John ojeó la foto—. Confírmame el lugar. Si no regreso, no
mires atrás.
Colgó antes de
escuchar la respuesta.
Preparó café.
El salitre asomaba
por las juntas de las baldosas. Aclaró una taza y desmontó la Sig-Sauer. Alineó
las piezas en la encimera sobre un trapo. John bebió y cerró los ojos. Las
primeras luces se filtraban por la persiana. El viento silbaba, sacudiendo las
cuerdas de los tendederos.
Dejó la taza a
medio terminar. Montó el arma. El golpe del carril al encajar rebotó en la
campana extractora.
Al salir del
portal, el viento le abofeteó la cara. John se subió el cuello de la chaqueta,
sin detenerse. El vidrio de los escaparates le devolvió un borrón oscuro; sus
ojos ignoraban a los últimos juerguistas. Antes de llegar a la esquina, deslizó
el sobre por la ranura del buzón.
La furgoneta de
reparto era una más.
Atravesó la
ciudad.
John entró en el
garaje y esperó. Unos focos iluminaron el retrovisor. El vehículo lo rodeó
hasta quedar ventanilla con ventanilla.
John se llevó dos
dedos a la frente.
Saludó.
V4 asintió.
—¿Es cierto?
John no contestó.
Apartó la mirada; el viento arrastró un corro de hojas.
—¿Diamond está
vivo? —insistió.
—Ha regresado de
entre los muertos.
V4 apretó los
labios.
—¿Está en la
partida?
John negó.
—¿Qué sabes de
Matasanos?
V4 siguió con la
mirada un sedán.
—Cachorros de
dientes afilados.
La luz de freno
desapareció al final de la rampa.
—¿Quién los
dirige?
—El Alemán.
John asintió; no
se equivocaba.
—Tengo a Bernie
rastreando el lugar; Frankie estaba lejos de casa.
—Un paseo antes de
borrarlo.
—Billete sin
regreso —escupió.
Guardaron silencio.
—Cuídate, John.
Asintió.
V4 arrojó una
bolsa marrón por la ventanilla. Cayó sobre sus piernas.
—Come algo. Vas a
desaparecer.
John la apartó y
arrancó.
Abandonó la
Sprinter a dos manzanas del piso franco.
Se detuvo al final
de la escalera; tomó aire mientras buscaba la llave.
Descolgó el
teléfono de la pared.
Marcó. La voz de
Odín contestó al otro lado.
—¿Tienes un
nombre?
—El Alemán.
John colgó.
Desplegó el paño
en la mesa y desmontó la Sig-Sauer.
sábado, 11 de abril de 2026
Orden Lectura Charlie Parker
1 Todo lo que muere. 1999
2 El poder de las tinieblas. 2000
3 Perfil asesino. 2001
4 El camino blanco. 2002
5 Más allá del espejo. 2004
6 El ángel negro. 2005
7 Los atormentados. 2007
8 Los hombres de la guadaña. 2008
9 Los amantes. 2009
10 Voces que susurran. 2010
11 Cuervos. 2011
12 La ira de los ángeles. 2012
13 El invierno del lobo. 2014
14 La canción de las sombras. 2015
15 Tiempos oscuros. 2016
16 El frío de la muerte. 2017
17 La mujer del bosque. 2018
18 Antigua sangre. 2019
19 En lo más profundo del sur. 2020
20 Tumbas sin nombre. 2021
21 Furias. 2022
22 Los mensajeros de la oscuridad. 2024
miércoles, 8 de abril de 2026
Billy Summers
Edición: Debolsillo
Páginas: 648
Año de publicación: 2021
sábado, 4 de abril de 2026
Viejas Glorias: John Virlan
John Virlan colgó. Cerró los ojos un instante.
Lo habían encontrado. No sabía cómo, pero
lo habían hecho.
Se levantó del sillón de lectura y salió al porche. El día era soleado.
Pronto habría que ajustarse el cuello del chaquetón; no quedaría ni una hoja en
los sauces. Las horas de luz se reducirían, dando paso al abrigo de la chimenea.
Solo que, para un anciano como él, eso se había acabado.
Salió al jardín, inhalando con calma y exhalando de igual manera. No
era de los que se dejaban llevar por la ira; nunca lo había sido. Jamás dejaba
traslucir sus emociones; por eso había vivido tanto tiempo en un negocio como
el suyo, rodeado de hombres que aparentaban más peligro que él. Profesionales que,
cuando aceptaban un contrato, no se detenían hasta ejecutarlo.
John cruzó el cobertizo de dos zancadas.
Sus movimientos, felinos y precisos, desmentían su edad. Había
esperado no tener que volver a matar; no por dinero. Se equivocaba.
Apartó con cuidado el banco de trabajo junto a la pared, evitando que
las herramientas golpearan el suelo entarimado. Se arrodilló, arrancó el zócalo
e introdujo la mano por el hueco; pronto sus dedos acariciaron la culata del
arma, encajada entre el hormigón y la madera.
Su Sig Sauer 380 seguía donde la había dejado. John soltó un suspiro;
el tacto y el peso del arma se ajustaron a la perfección en su mano. Extrajo
los útiles de limpieza del cajón y la desmontó. Estaba bien conservada. Aceitó
cada una de las piezas antes de volver a armarla; evitó mirar su propio reflejo
en el acero. «De
nuevo el monstruo», pensó Virlan.
John cerró la puerta del coche y apagó el estéreo; no
quería distracciones. Ajustó el espejo y se abrochó el cinturón mientras
repasaba la llamada. Lo había visto venir. La incompetencia de la Compañía
había roto el equilibrio; ya no podía hacer nada. Ahora todos estaban en
peligro.
Tenía diecisiete años cuando fue reclutado. Entonces
Odín Zeta le había sonreído y él le había devuelto la sonrisa, intuyendo que
algún día tendría que matarlo.
El director de la Compañía hacía años que le seguía la pista.
Concretamente, desde que saboteó los frenos del coche de su padrastro y el
infeliz se despeñó por un acantilado. Aquello lo puso inevitablemente en el
radar de Odín.
De esto habían llovido ya cuarenta y tres años.
John apagó el motor del Ford Bronco y sopesó si dejar la Sig en la
guantera, cosa que descartó de inmediato.
Los suelos de mármol de la galería de arte Chords Verses de Portland
lo transportaron a otra época. El despacho de Odín Zeta se encontraba en la
cuarta planta; John se preparó para intimar con el guardaespaldas de Zeta.
El tipo lo interceptó al final de la escalera. John abrió los brazos
y aguardó, observando al joven tensar los músculos del rostro. Al levantar las
manos, la culata de la Sig Sauer quedó a la vista en la sobaquera. El tipo
acortó la distancia echando mano a la suya. John lo evaluó un instante y se
relajó.
—Tiene que entregarme su arma, señor.
—Eso no pasará, hijo —respondió Virlan con calma, bajando lentamente
las manos.
—¡Entrégueme su arma ahora, señor!
John negó con la cabeza.
—¡He dicho que…!
John le bloqueó la muñeca antes de que pudiera desenfundar,
estampándolo contra el muro con un giro veloz. El tipo cabeceó, tratando de
zafarse. Virlan aumentó la presión. El joven alzó la mano libre en señal de
rendición. Desde el fondo del pasillo, Odín le ordenó que se retirara con un
gesto airado de cabeza.
John lo soltó, se recolocó la manga de la chaqueta y avanzó hacia el
viejo.
Odín Zeta vestía su traje gris de corte impecable. Llevaba el cabello
cano echado hacia atrás; de cerca, parecía un anciano envuelto en ropas caras. Su
rostro revelaba el peso de ser quien era. Aun así, mantenía la ferocidad en el
azul acuoso de sus ojos.
—Te estaba esperando, John.
Su voz conservaba el tono de autoridad que John recordaba, aunque algo
había quedado por el camino.
Estrechó la mano del viejo con firmeza; ambos se estudiaron antes de
soltarse. Zeta se secó la mano con un pañuelo y enfiló el despacho. John no lo
siguió de inmediato. Los pasillos eran un hervidero de tipos con pinganillos comunicándose
entre sí. Fulanos de espalda amplia que ocultaban músculos de acero bajo el traje
oficial; nada que ver con su oficio.
—Adelante —invitó a entrar Odín con un gesto de la mano.
El despacho, un rectángulo mal iluminado ajeno a la pompa de la
galería, alojaba una mesa de roble algo desproporcionada y un sillón
rivalizando en tamaño. John no vio ventana alguna ni más sillas. Un retrato de
Gerónimo de 1886, tomado tras su última captura, flanqueaba al de Billy el Niño.
«La compañía ideal», pensó John, estudiando la ferocidad de los rostros.
—Y aquí estamos.
John no respondió.
Odín rodeó el escritorio, acarició la superficie con la punta de los dedos
y tomó asiento en el sillón. Después entrelazó las manos sobre la barriga y
sonrió, pero John no tenía tiempo para eso; alargó la mano y exigió las instantáneas.
Odín Zeta sacó del cajón un sobre marrón y lo deslizó sin ceremonia. Apenas
pesaba, pero lo que escondía dolería. Contenía seis fotografías hechas con una Polaroid
y un informe que apestaba a morgue y a favores. Virlan alineó las fotos de los
cadáveres en el escritorio, como si fueran una mano de póker perdedora. Sólo
lamentaba lo de Frankie Bye Bye; el resto carecía de importancia. Aun así, John
no apartó la vista; deslizó el pulgar por el borde de una de las fotos,
buscando cualquier detalle que el forense pasara por alto. Algo que le otorgara
ventaja. Odín lo observaba desde su trono de piel, estudiando sus movimientos.
—Lamento lo de Frankie —dijo Odín; su voz era un hilo de seda viejo
que decía lo contrario.
—¿Quién te dio el soplo? —preguntó John.
—Tengo contactos. Alguien llamó y me informó.
—¿Y esos contactos te dieron mi número telefónico?
—No —respondió Odín sonriendo—. Eso lo conseguí por mis medios. No ha
sido fácil encontrarte, ¿sabes? Eso juega a tu favor. Porque nos están cazando,
John.
Seis miembros de la Compañía borrados como si nada.
Y ahí estaba él, frente a aquel hijo de puta que nunca había movido
un dedo por nada. Odín apretó la mandíbula. Los ojos, acuosos y hundidos,
bizquearon. Se los secó con un pañuelo.
—Los tipos que han hecho esto —dijo John, abarcando con un gesto seco
las fotos esparcidas sobre la mesa— no se diferencian de nosotros. Pero eso ya
lo sabes, ¿verdad, Womack?
Odín arrugó la nariz, como si oír su nombre de pila apestase más que
los seis muertos que tenía sobre el escritorio.
Tras la Guerra Fría muchos agentes quedaron sin bandera ni propósito.
Durante un tiempo la Compañía los toleró; no eran nada. Pero crecieron. Y
volaron el tablero.
—Sé lo que estás pensando, John. —Odín clavó los codos en la mesa—. Y
no es momento de buscar culpables. De nada serviría malgastar energía mientras
nos están cazando, joder.
Se levantó de golpe, tropezando con su propia silla.
La mano de John quedó a medio camino.
—No me toques. —Odín le lanzó la misma mirada que John veía en el
retrato de Gerónimo—. Voy a acabar con ese hijo de puta con ínfulas, ¿me oyes?
Voy a eliminar a todos sus chicos. Voy a llenarlos de plomo.
Desvió la vista.
Se detuvo. Respiró hondo.
—Nos han mordido, John. —Suspiró.
—¿Cómo quieres proceder?
—Como siempre: matando al pastor y espantando a las ovejas.
—Esas ovejas han mordido al lobo.
—Pues devolvámosles el bocado, joder.
John Virlan asintió despacio.
—Hay algo más —dijo Odín.
—¿Está relacionado?
Negó con un gesto.
Sacó una revista del escritorio y la dejó caer sobre la mesa.
—Página veintiocho —señaló.
John la abrió. Encontró el anuncio rodeado en rojo.
Vendo caña de bambú del
69.
Preguntar por el señor
Zeta.
John levantó la vista. El viejo sonrió.
—Diamond está muerto.
John la hizo a un lado.
—Te equivocas.
Odín dejó un libro abierto. Señaló una serie de números garabateados
a lápiz en el margen inferior: 142-8-3 / 19-12-1 / 44-
5-9.
—Utiliza la versión del 54 de La isla del tesoro.
John no lo tocó.
—Han pasado treinta años.
Cambió el peso de su cuerpo.
—Así es.
—Me obligaste a aceptar ese contrato y…
—¿Viste a Diamond caer por el muelle, John?
No contestó.
El viejo golpeó el libro con el dedo.
—Sin cuerpo, John. Ambos sabemos lo que significa.
John agarró el libro. Trazó una línea con el dedo. Sus labios se
movieron en silencio.
«Hola, mi traicionero socio. Hora de ajustar
cuentas.»
jueves, 2 de abril de 2026
Movidas Chungas
sábado, 21 de marzo de 2026
La Sabiduría de las Multitudes
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 744
Año de publicación: 2021
martes, 3 de febrero de 2026
El Problema de la Paz
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 768
Año de publicación: 2020
jueves, 25 de septiembre de 2025
Un Poco de Odio
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 720
Año de publicación: 2019
martes, 9 de septiembre de 2025
Baila con Lobos & El Camino Sagrado
Edición: Valdemar
Páginas: 816
Año de publicación: 2019
Proyecto Magno
A veces, las mejores misiones no ocurren en la calle, sino sentados en el sofá con un Kindle en las manos. Hoy empiezo un proyecto personal ...
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Acababa de salir. Habían llovido cuatro años sin pisar el Gringos. Buscó a Jack con la mirada, pero su hermano ya no estaba. El local se...
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Autor: Osamu Dazai Edición: Sajalín Editores Páginas: 124 Año de publicación: 1948 «Por lo general, las personas no muestran lo terribl...
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